¿Ciencia-ficción en Cuba?
Este género literario es considerado por los expertos casi unánimemente
como hijo del siglo XX y de su explosivo desarrollo tecnocientífico. Entonces
¿Es posible que se escriba ciencia-ficción en una nación agrícola
monoproductora donde aún la mayor parte de la zafra (cosecha de la caña de
azúcar, hasta hace poco el principal rubro exportable cubano) se hace manualmente? ¿En un país del tercer
mundo, cuyo desarrollo tecnológico y científico se ha visto sometido a
durísimas pruebas en cuarenta años de bloqueo por la mayor potencia del mundo?
¿Ciencia-ficción en una islita del Caribe, cuya economía ha sido obligada por
la caída del campo socialista a funcionar casi bajo un estado de guerra al que
se le llama eufemísticamente período
especial?
Con tal enfoque apriorístico, hablar
de ciencia-ficción cubana parecería solo un jocoso contrasentido, en el mejor
estilo de los que enunciara Umberto Eco en su novela El péndulo de Foucault: la Urbanística Gitana o la Hípica Azteca.
Si los gitanos no tienen urbanística porque viven viajando y no tienen casas, o
si los aztecas no podían tener una hípica porque solo con la llegada de los
españoles conocieron los caballos... pues, vamos ¿ciencia-ficción en Cuba? ¿Es
una broma, verdad?
Pues no. No es este el momento ni el
lugar de destacar el desarrollo técnico y científico alcanzado por nuestro
país, en esferas tales como la biotecnología, por solo citar una. Pero hay una
CF cubana, y su historia también tiene más de cuarenta años. Aunque no sea tan
conocida fuera de Cuba como el bloqueo.
Como ocurre con todo fenómeno literario, la ciencia-ficción cubana no
apareció de la nada por arte de magia, sino que cuenta con notables
antecedentes que le sirvieron como caldo de cultivo idóneo. La narrativa
fantástica, como en el resto de Latinoámerica, tiene una larga tradición en
Cuba, con cultivadores tan prestigiosos como Alejo Carpentier, José Lezama Lima
o Virgilio Piñera, por solo citar tres de los más relevantes.
Pero, aunque existió tan temprano
como en el siglo XIX un precursor como Esteban Borrero con su Aventura
de las hormigas, y luego hubo algunos intentos esporádicos por parte de
autores aislados antes del 59, la CF
(usaremos estas siglas como abreviatura de ciencia-ficción
a partir de aquí) propiamente dicha, y con carácter de movimiento, solo aparece
tras el triunfo revolucionario, en la primera mitad de los 60.
En 1964 ven la luz los dos libros
iniciáticos del género en Cuba: La
ciudad muerta de Korad, de Oscar Hurtado (1919-1977) (también recopilador
de la primera y hasta ahora la mejor antología de cuentos de CF mundiales en
Cuba, con un prólogo que hizo historia... aunque le debía demasiadas cosas a un trabajo similar de Borges y Bioy Casares que
sirvió como introducción a la Antología
de la literatura fantástica de ambos); y ¿Adónde van los cefalomos? de Angel Arango (1926) quien es en estos
momentos considerado el decano de la CF cubana por su persistencia y fidelidad
al género. Este, su primer libro, mostraba ya lo que sería su estilo
característico, con gran influencia de los clásicos anglosajones de la llamada
Edad de Oro de la CF, como Asimov y Heinlein.
Por el contrario, el libro de Hurtado, curiosamente, no es una obra
narrativa sino un poemario lleno de intertextualidades sobre la saga marciana
de Edgar Rice Burroughs, las novelas de Conan Doyle sobre Sherlock Holmes (cuya
existencia real tenía en Hurtado uno de sus más fieles defensores), cuentos del
folklore infantil universal, La Ilíada
y otras muchas fuentes, conformando un universo poético donde se mezclan el
humor negro y la tragedia con grandes dosis de fantasía y esa forma peculiar de
burla o chanza que es el choteo criollo, que luego se revelaría como uno de los
puntos más originales, distintivos y fuertes de la CF cubana. Esta vertiente de
CF en verso no ha tenido continuadores de la talla de Hurtado, sino apenas dos
o tres intentos más o menos afortunados de poemas que es mejor pasar por alto.
Sobre la influencia total de Oscar Hurtado en la infancia cubana del
género podría escribirse mucho. Los que lo conocieron personalmente cuentan que
era un hombre de singular aspecto (le llamaban El Dragón, tanto por obsesión con el mitológico ser como por su
proverbial fealdad), cultura enciclopédica y conversación magnética. El
ajedrez, el paleocontacto, los OVNIs y la CF en general eran temas sobre los
que podía disertar durante horas, manteniendo virtualmente hipnotizado al más
variopinto auditorio imaginable.
La mortal enfermedad que padeció en
sus últimos años, y la acusación de plagio (por otra parte, al parecer,
fundada) que le hiciera Rogelio Llopis por su cuento Carta de un juez, destruyeron al Dragón. Después de escribir La
ciudad muerta de Korad (según estudiosos, el segundo poema de CF del mundo,
y que inspirara el primer ballet de CF, estrenado con motivo del vuelo espacial
conjunto URSS-Cuba; Misión Korad), y
otros pocos cuentos (recopilados en el libro póstumo Los papeles de Valencia El Mudo, por su viuda Evora Tamayo) su
manantial creativo pareció agotarse. Aunque no su influencia sobre el género, a
través de epígonos y continuadores. Que, incluso, dieron su nombre, en los años
80, al primer Taller Literario de CF.
En 1966 aparecen otros tres libros: El planeta negro de Angel Arango, donde
figura la narración Un inesperado
visitante, verdadero clásico que al lector europeo le resultará inevitable
comparar con referentes similares... (como la historia de Michael Moorcock Ecce homo galardonada con un Premio
Hugo); Asesinato por anticipado de
Arnaldo Correa (1935) donde asomaba la oreja el subtema policial dentro de la
CF; y El libro fantástico de Oaj del
por algunos llamado Maestro de
Irrealidades, el recientemente fallecido Miguel Collazo (1936-2000).
Este último, pastiche paródico
claramente inspirado en las Crónicas
marcianas de Ray Bradbury, continuaba la vertiente explorada por Hurtado en
su libro iniciático. El libro fantástico
de Oaj combina escenas de la vida cotidiana en La Habana de la década del
50 con fragmentos de la supuesta narración por un escritor saturniano de la
invasión de su planeta a La Tierra, con el resultado de que el absurdo y la
comicidad brotan a raudales de sus múltiples historias entrelazadas (tipo de
estructura que en el mercado norteamericano se conoce como fix-up, y que ha dado al género obras tan notables como Crónicas marcianas de Ray Bradbury o Más que humano, de Theodore Sturgeon)
Otros autores, como Juan Luis Herrero
(que había obtenido una mención en el premio UNEAC de cuento con su libro Tigres en el Vedado, sobre los
pandilleros masferreristas, o sea, nada relacionado con la CF); Rogelio Llopis, autor de la colección de
cuentos fantásticos La guerra y los Basiliscos;
o Germán Piniella, cuyo cuentos aparecieron en varias antologías, fueron
considerados menores, en primer
lugar porque no dejaron novelas del género, ya que cultivaron sobre todo el
cuento corto. Estos y otros fueron incluidos en las dos antologías de cuentos
fantásticos cubanos recopiladas en esos años, (recopilada una de ellas por el
propio Llopis) Selecciones que mostraban a la CF como una modalidad de la
fantasía, criterio editorial algo reductivo, pero bastante generalizado hasta
el presente.
En 1967 se editarían otros libros de
Arango y Correa, y al año siguiente saldría a la luz El viaje, la segunda novela de Collazo. Esta es una obra
excepcional: inquietante, metafísica, reflexiva, profundamente simbólica y de
rara belleza, más preocupada por el conflicto existencial y metafórico de sus
extraños personajes que por relatar todo un entorno tecnológico o científico.
Sus protagonistas, sobrevivientes de una catástrofe nuclear o de la
colonización fracasada de un mundo distante y hostil, tratan de unirse para
emprender la reconstrucción y/o el regreso. La aventura del conocimiento, de la
sociedad humana: todo eso es El Viaje, más que un simple desplazamiento
espacial: La novela finaliza con la frase El
Viaje ha comenzado, aunque ninguno de sus protagonistas se ha movido de su
sitio.
Con El fin del caos llega
quietamente de Angel Arango, publicada en 1971, la prosa de este autor
llega a su punto de más alto vuelo poético. Con este librito (con una
ilustración de portada del célebre dibujante francés Philippe Drouillet en la
portada, circunstancia de la probablemente jamás se enteró el ilustrador galo)
sin embargo, arribaba a su fin la primera y prometedora etapa de la CF en Cuba.
Fue el canto de cisne.
¿Qué sucedió? ¿Por qué un género literario que había logrado en corto
tiempo varias obras de sorprendente calidad desapareció de pronto del panorama
editorial nacional? ¿Que ocurrió con sus cultivadores?
Había comenzado el quinquenio gris (que para algunos duró
un decenio o más) etapa de triste y oscura mediocridad dentro de la literatura
cubana. En los afanes de purificación
ideológica bajo la sombra del lema (bastante extremista e impreciso, como
tantas buenas consignas) dentro de la
Revolución todo, contra la Revolución nada, afanes que conmovieron la
escena cultural cubana de esos tiempos, la CF al estilo de Arango y Collazo,
inspirada en el estilo de los clásicos anglosajones, y acostumbrada a presentar
futuros sombríos a modo de advertencia, resultó inmediatamente sospechosa a los
ojos de los celosos comisarios políticos tropicales. Se le acusó de literatura
pesimista, antisocial, heréticamente ajena a los sagrados modelos de realismo socialista importados de la
URSS. Su lugar como género privilegiado dentro de la narrativa nacional lo
ocupó la novela policial al nuevo estilo: investigadores (que siempre estaban
tratando de dejar de fumar… lastimoso subterfugio de sus creadores para evitar
que fueran total y aburridamente perfectos) como eternos héroes positivos. Que
con la ayuda del pueblo y sus CDR capturaban siempre, tras larga y cruenta
pesquisa al ladrón, espía o saboteador enemigo. Cliché muchas veces repetido
mecánicamente, exaltado por su optimismo y reflejo esperanzador de un futuro
que pertenecía por entero a ya se sabe qué... La historia, que ocurre una vez
como tragedia y otra como comedia, repetía el triste proceso de los principios
de la Revolución de Octubre, cuando los modernistas y simbolistas rusos, que el
propio Lenin llamó heraldos de la
esperanza, se vieron relegados por el pésimo gusto de Stalin, más prudente
o más aficionado a un realismo chato y antiproblemático que cantara loas a su
gobierno en lugar de cuestionarlo.
Como consecuencia de fenómenos tan poco literarios, la CF cubana estuvo
hibernando hasta 1978. En ese año se
publicaron dos pequeñas obras destinadas al público infantil: Siffig y el vramontono 45-A, de Antonio
Orlando Rodríguez; y De Tulán, la
lejana, de otro Rodríguez, Giordano, obra que introducía tímidamente en el
panorama nacional el tema antes tabú del paleocontacto. En el intervalo, la CF se había visto
relegada a escasas historietas (entre las que vale la pena destacar la
excelente Matías Pérez de Luis
Lorenzo; nuestro primer aeronauta desaparecido y convertido por obra y gracia
de la pluma del dibujante en astronauta al servicio de la flota espacial del
planeta Strakon, mucho más desarrollado que La Tierra) y a la publicación en la
Colección Dragón, originalmente
concebida por su creador Oscar Hurtado para editar CF, policíaco y terror, de
algún que otro título de CF anglosajona (por supuesto, preferiblemente si
hablaba de la inevitable crisis final del sistema capitalista que YA estaba al
doblar de la esquina... como Los
mercaderes del espacio de Pohl y Kornbluth, El Sol desnudo de Asimov, o las inefables Crónicas marcianas de Bradbury) sepultado entre la marea de títulos
policíacos.
Sin embargo, en este tiempo, (no todo podía ser desgracia ¿no?) las
editoriales soviéticas Mir y Progreso publicaron en Cuba varios títulos de los maestros del
género en la URSS. Las obras de los hermanos Strugatsky y los Abramov, padre e
hijo, de Iván Efremov, Sever Gansovsky, Anatoli Dneprov, Victor Kolupaiev y
Olga Larionova llegaron así hasta la isla caribeña en novelas y antologías con
divertidas traducciones llenas de arcaísmos y giros que al lector cubano le
parecían cuando menos almidonados. Traducciones que corrieron a cargo de
refugiados españoles de la Guerra Civil y de sus hijos, y que viciaron no poco
el lenguaje de los autores cubanos. Ese estilo soviético, con obras que casi
unánimemente describían un futuro luminoso (con la honrosa excepción de las de
los Strugatsky) y donde la posibilidad de enfrentamiento violento con otras
razas inteligentes era del todo inimaginable (absurdo prejuicio capitalista),
esa CF total e institucionalmente optimista, marcó con fuego el concepto de los
funcionarios de la cultura cubana sobre cómo debía escribirse CF.
El milagro que hizo posible reanudar en 1978 las publicaciones en el
género se debe a varios factores. Entre ellos cabe destacar la mención obtenida
en el Premio David de ese año por el libro de cuentos de CF Aventura en el laboratorio de Bruno
Henríquez (1947). El Premio David, convocado por la UNEAC para jóvenes
escritores inéditos, era uno de los de mayor prestigio nacional. Bruno
Henríquez, físico ambiental de profesión, a pesar de sus muy discutidos méritos
como autor de cuentos y poemas, ha jugado un papel primordial e insoslayable en
la historia de la CF cubana, gracias a su innegable talento como divulgador (Su
ensayo científico Marte: mito y realidad
fue todo un best-seller en la colección Los
Pinos Nuevos) y su incansable labor organizativa (si bien bastante
egocéntrica) del fandom nacional. Pero ya desde esta mención obtenida por su
libro comenzaría el género a estar en deuda con Bruno; pues este hecho decidió
a la UNEAC a convocar, a partir del año siguiente, un Premio David de Ciencia
Ficción, junto a los ya tradicionales de Narrativa, Poesía y Teatro.
Ganado el primer David del género en
1979 por Los mundos que amo, de
Daína Chaviano (1957) comienza realmente la segunda y (hasta ahora) más
brillante etapa de la CF cubana.
El primer libro de cuentos de la joven autora, a pesar de su
ingenuidad, se hizo enormemente popular (se llegó a publicar el cuento que le
daba título al libro en forma de fotonovela) e inauguró un estilo peculiar de
hacer CF que luego se ha llamado rosado
o suave, y que tuvo como principales
cultivadores, además de a la propia Daína en sus libros siguientes (Amoroso planeta; Historias de hadas para adultos; Fábulas de una abuela extraterrestre y El abrevadero de los dinosaurios) al binomio de autores formado por
Chely Lima (1957) y Alberto Serret (1947) en el excelente libro de cuentos Espacio abierto y a Alberto Serret en
solitario en los lamentables y erráticos Consultorio
terrícola y Un día de otro planeta.
La influencia del estilo romántico de Daína Chaviano sobre la CF
cubana se extendió durante casi todos los 80, mientras fue, oficial y
extraoficialmente (al menos para la mayoría) la máxima autoridad nacional en el
género. Tan grande fue esta autoridad que incluso, logró dos milagros: el primero, que le permitiesen
aparecer en TV una noche por semana durante dos meses, para presentar películas
de CF socialista y capitalista, como parte de la programación de verano. El
segundo, que le permitieran lanzar la hasta ahora única revista (con un solo
número ¿por desgracia o por suerte? cubana de CF, NOVA, de la que se hablará más adelante.
El estilo rosado de Daína, que gozó pronto del aprecio de niños y
especialmente de adolescentes, a pesar de sus muchos detractores, se
caracterizaba por focalizar la atención en el aspecto poético de la historia y
en el más superficialmente psicológico de la construcción de los personajes, en
una búsqueda formal y conceptual que dejaba de lado los aspectos de ciencia y
tecnología tan apreciados por los más puristas del género (sobre todo los de la
llamada hard science-fiction).
Quienes, en visceral reacción, tacharon pronto de blando y facilista este modo
de enfocar el género.
Pero, quizás para compensar, como no hay blanco sin negro ni derecha
sin izquierda, en 1980 obtiene el segundo David de CF la novela Espiral, del biólogo Agustín de Rojas
(1949). Este libro, verdadero hito aún no superado del género en Cuba, aúna lo
mejor del estilo anglosajón en cuanto a diseño de los personajes y ambientación
imaginativa (mutantes, monstruos, androides) con la concepción socialista de un
futuro mejor. La novela, bastante hard y
verdadero tour de force para
cualquier escritor, novel o no, tiene multitud de personajes. Narra el regreso
de un grupo de cosmonautas nacidos en una colonia extraplanetaria de origen
socialista a una Tierra postholocausto, arrasada por un imperialismo feroz en
sus últimos estertores. Los visitantes tratan primero de estudiar, luego de
comprender y salvar el complejo nuevo mundo que ha surgido (para su sorpresa)
de entre las ruinas radiactivas, luchando contra sus prejuicios y con una
amenaza pendiente sobre sus cabezas que sorprenderá a todo lector al final.
Si puede hablarse en los 80 de una
CF auténticamente cubana y de calidad, es en la obra de este autor. Tanto en la
iniciática Espiral como en sus dos
novelas posteriores, la impecable Una
leyenda del futuro y la un tanto desfasada El año 200, una prosa rica y correcta se conjuga con un notable
dominio científico debido a su condición de biólogo, y con una concepción
coherente de la historia. Desgraciadamente, con la caída del socialismo real
Agustín de Rojas dejó (ojalá que no para siempre) de escribir CF. Privado de la
fe en un futuro socialista que animaba a toda su obra, su foco de atención se
volvió hacia el pasado de la humanidad, y ahora dedica su intelecto a indagar
en ensayo y ficción sobre la verdad de la vida y obra de Jesús. Al menos, el primer
fruto de esta nueva faceta creativa, su novela histórica El publicano, es una indagación sobre Cristo tan original como
madura y llena de calidad literaria, lo que nos hace desear aún más el retorno
de San Agustín de Rojas a la CF.
Otros autores continuaron la ola.
Notables en la década fueron también Gregorio Ortega (con la sorprendente y
aventurera novela Kappa 15), Rafael
Morante (Premio David con Amor más acá
de las estrellas) Luis Alberto Soto (Otro David con Eilder, novela que resulta muy interesante porque prácticamente
traslada a la CF el esquema de investigador+pueblo contra delincuente o espía,
típico de la peor novela policíaca socialista)
y Félix Mondéjar -F.Mond- (el más
jocoso y uno de los más prolíficos: Con
perdón de los terrícolas; ¿Dónde
está mi Habana?; Cecilia después o
¿por qué La Tierra?; el paródico Krónicas Koradianas y más
recientemente, Vida, pasión y suerte,
otra visión de Jesús en clave CF, y la simplemente infame Holocausto 2084).
Ya en estos años se crea el primer Taller Literario de CF, ubicado en
el municipio capitalino de Plaza de la Revolución. Llamado, por supuesto, Oscar Hurtado, y asesorado, no faltaba
más, por Daína Chaviano. De este taller surgieron autores como Félix Lizárraga
( Beatrice, Premio David de 1981); Arnoldo
Aguila (Serpiente emplumada);
Roberto Estrada (Trenco novela que,
finalista del David, fuera luego publicada), Julián Pérez (El Elegido, cuentos); Eduardo Frank (Más allá del sol, cuentos… otro Premio David) Ileana Vicente, Raúl
Aguiar, Ricardo Fumero y otros. Luego se formaron otros talleres y grupos de
aficionados en la capital y el resto del país, como el Julio Verne, o el Androides.
Un papel muy importante en el auge
del género en los 80 jugó la revista Juventud
Técnica. De perfil sobre todo científico-divulgativo, esta publicación a
veces incluía en sus páginas también cuentos cortos de CF de autores cubanos y
extranjeros, y a mediados de la década instauró el Concurso de Cuentos Cortos
de CF, que se convertía así en la segunda posibilidad de darse a conocer de
autores jóvenes e inéditos, después del Premio David. La frecuente exhibición
en cine y televisión de películas del género también incrementó la popularidad
y el conocimiento de la ciencia ficción entre el público cubano.
Hasta llegaron a publicarse cinco
antologías de la cuentística de CF cubana. Dos con narraciones de los miembros
de los talleres literarios (Cuentos
cubanos de ciencia ficción y Juegos
planetarios, en la colección Suspenso,
concebida para adolescentes y jóvenes) y dos compuestos por los cuentos
finalistas en los concursos de la revista Juventud
Técnica (Recurso extremo y Astronomía se escribe con G), así como
una quinta con selección editorial: Contactos,
sin duda la mejor de todas, también en la colección Suspenso, por entonces dirigida por el editor Juan Carlos Reloba,
declarado fan del género y coautor con Rodolfo Pérez Valero de una singular
novela de CF policíaca, Confrontación, situada
en un futuro muy cercano, pero donde el socialismo es una realidad casi global.
Una valoración crítica de lo publicado en estos años, necesariamente
superficial por razones de espacio, mostraría dos circunstancias curiosas: la
primera, ya anticipada por Oscar Hurtado en La ciudad muerta de Korad, el predominio del humor, de la parodia,
de la chanza. Especialmente en la obra casi bufonesca de F. Mond (que, contradictoriamente, según opinión general, alcanza
sus más altas cotas en ¿Dónde está mi
Habana?, su segunda y más seria -o menos bufonesca- novela) quien se burla
sin piedad del género, de los lugares comunes y del mundo occidental y
cristiano en general. No obstante, otros autores también incursionan en la
farsa y la sátira con más o menos éxito, como Luis Alberto Soto en su delicioso
cuentecito Memorias de un traductor
simultáneo, por solo citar uno de los mejores. La segunda circunstancia es, en todo sentido, más triste: durante
los ochenta (salvo las honrosas excepciones de Agustín de Rojas, Félix
Lizárraga y tal vez Gregorio Ortega) los escritores que tenían nociones de
ciencia, no las tenían de ficción, y viceversa. Claro ejemplo del primer caso
es la obra del físico Bruno Henríquez, y del segundo, la de Alberto Serret.
Como una circunstancia extra, pero no menos lamentable, es de resaltar
la falta de un criterio adecuadamente estricto de selección editorial, tal vez
por falta del lecturas del género en el personal encargado de tal tarea. Sin
mediar un lamentable paternalismo, probablemente nunca hubieran sido publicadas
obras tan lastimosas como Expedición
Unión-Tierra, de Richard Clenton Leonard, o La nevada, de Gabriel Céspedes (que fuera incluso ganadora de un
inmerecido David de CF). O la epidémica proliferación de un tipo particular de
obras de dudoso humor y escasa calidad literaria, que trasladaban tópicos de la
CF mundial al ambiente cubano. Los marcianos aterrizando en el arquetípico y
criollísimo platanar de Bartolo, el
tópico robot que pegaba los cuernos a su creador, etc, lugares comunes en los
cayeron incluso auores de tanto prestigio como la propia Daína Chaviano (La culpa es del robot, cuento).
Obras todas que no solo no aportaron nada al género, sino que
perjudicaron bastante el concepto del público nacional sobre la CF made in
Cuba. No obstante, a pesar de estos y otros problemas (como la falta de una
revista dedicada al género, dejando aparte el intento aislado de NOVA, de Daína, Chely y Alberto, en la
que apenas si se publicaron a ellos mismos) en el público cubano existía hacia
finales de la década del 80 una actitud receptiva hacia la CF. El lector quería
leer más CF, y mejor. Quería ver publicados a otros autores (que no fueran solo
Daína Chaviano y F. Mond, los privilegiados -con mucho- en cuanto al número de
libros editados), y de otras tendencias.
En 1988 compartieron (por primera
vez) el David los libros El mago del
futuro de María Felicia Vera (1967), y Timshel
de José Miguel Sánchez (1969…ya firmaba Yoss
pero los editores prefirieron dejar a un lado su seudónimo).
Si bien el libro de María Felicia
era más bien surrealista, enigmático y a duras penas clasificable dentro de la
CF (pero tampoco le fue posible afirmar al jurado que no lo fuera), Timshel, en cambio, también una
colección de cuentos y pese a la juventud de su autor, rompía de plano con el
concepto de lo que podía hacerse en
la CF cubana: apenas aparecían Cuba y el socialismo como escenario e ideología:
casi todas las historias estaban ambientadas en un futuro donde el capitalismo
no solo se negaba obstinadamente a desaparecer, haciéndole caso omiso a Marx,
Engels y Lenin, sino que además seguía desarrollándose tecnológicamente. Sin
embargo, tras tal aparente pesimismo, brotaba un optimismo poético, una fe en
el hombre más allá de sus ideologías que conquistó a los lectores.
Estudiante de biología en aquel
entonces, o sea, colega de Agustín de Rojas (quien fue uno de los jurados de
ese año) el muy joven José Miguel Sánchez ya hacía gala entonces de amplias
lecturas del género y de su formación científica, sumado a un gusto por la
aventura y el exotismo que resultaba por lo menos inusual en el panorama de la
CF cubana hasta el momento. Como detalle interesante, menos de un año antes de
obtener el David, el mismo autor había sido premiado también en el Concurso Juventud Técnica, 1987, con el cuento Cosas que pasan, que por razones
inexplicables, nunca fue publicado en la revista ni en ninguna de las
antologías por ella auspiciadas….
Pero de nuevo era un canto de cisne.
Los premios David del 88 fueron los últimos publicados antes del desastre.
Antes de la perestroika. Antes de que la crisis de papel redujese a cero en
cuestión de meses todo el pujante esfuerzo editorial cubano. De nuevo se veía
relegada al olvido la CF. Aunque, justo es señalarlo, esta vez no por otros
géneros, sino por la simple imposibilidad física de publicar, que afectó a toda
la literatura cubana. No obstante, en los últimos suspiros, el Instituto del
Libro aún pudo arreglárselas para publicar dos títulos previamente
comprometidos: Desterrado en el tiempo
y Por el atajo, segundos libros de
Rafael Morante y Bruno Henríquez, respectivamente. Editorialmente, a partir de
1990, en lo que respecta a la CF cubana, (si exceptuamos la casi heroica
publicación en 1994 de Sider, del
decano Angel Arango, y de folletos como Las
ruinas de Sant Eldrado, de Gregorio Ortega; y La Memoria metálica, otro
de Morante) puede decirse que, hasta este año 99, el resto es silencio.
Muchos autores pasaron a mejor vida (eufemismo cubano para decir que abandonaron
el país): Daína Chaviano (la única que parece haber sostenido afuera su éxito
nacional, con la novela -aunque no de CF- El
hombre, la hembra y el hambre, Premio Azorín 1997 en España), Eduardo
Frank, Arnoldo Aguila, Julián Pérez, María Felicia Vera, Ricardo Fumero, Félix
Lizárraga... otros, como el binomio Alberto-Chely, consiguieron contratos de
trabajo prácticamente indefinidos en otros países, y allá se fueron, huyendo
del período especial.
Pero, como dice el refrán, bicho malo nunca muere; aún sin
publicar, el fandom siguió existiendo... y escribiendo. En 1993, bajo los
auspicios del incansable (e inefable) Bruno Henríquez se creó un nuevo Taller
Literario de CF, El negro hueco; la
revista virtual I+real (que se
distribuye gratuitamente en soporte de diskette a todo el que quiera
copiarla... y está hasta en Internet) y se celebró la primera convención cubana
del género: IBEFICCION 94, que luego ha tenido secuelas como QUASAR-DRAGON en
1995 y las sucesivas CUBAFICCION desde 1996 hasta el 2002. Aunque la Asociación
Cubana de Ciencia Ficción, por cuya creación Bruno Henríquez y el resto del
fandom llevan batallando casi quince años, aún enfrenta trabas oficiales y
burocráticas que no muestran indicios de solucionarse.
Otros intentos aislados para crear
revistas o fanzines dedicados al género (como PORTICO XXI, o NEXUS,
del que vieran la luz solo dos números, con ímprobos esfuerzos y escasísima
circulación, pese a su innegable calidad) han fracasado en mayor o menor
medida. Obviamente, por la falta de apoyo financiero o al menos interés
oficial.
En la escena literaria (casi
totalmente inédita, por supuesto) de la CF nacional posterior a la caída del
muro de Berlín, pueden señalarse actualmente tres tendencias más o menos
delimitadas. Haciendo la salvedad de que, por tratarse de autores muy jóvenes
en su mayor parte, este intento de clasificación puede resultar prematuro, en
el mejor de los casos.
La primera de estas tendencias es la
que podríamos denominar clásica, inspirada en el estilo de Asimov, Heinlein, y
otros autores de la era de Campbell y las revistas pulp en USA. Los autores de
más edad, sobrevivientes de la segunda y hasta de la primera etapa de la CF
cubana, se adscriben principalmente a esta tendencia (los más audaces, con
ocasionales inclusiones temáticas del ciberpunk) y se reúnen alrededor de Bruno
Henríquez y su revista virtual I+real.
Con un estilo más bien pobre, basado sobre todo en el uso no siempre afortunado
de la tercera persona y los finales sorpresivos, sin grandes experimentaciones
estilísticas ni complejidades psicológicas, estos autores sufren, entre otros
males, de falta de lecturas actualizadas de los modernos maestros del género a
nivel mundial, como Orson Scott Card, Samuel Delany, William Gibson, Dan
Simmons, Ian Banks o Connie Willis, por solo citar algunos de los tantos que
nunca han sido publicados en cuba ni parece que vayan a serlo en un futuro
próximo.
La segunda tendencia es la
ciberpunk, obviamente epígona de Gibson, Sterling, Rucker y otros gurús de las computadoras y el
ciberespacio. En esta se integran algunos de los autores más jóvenes,
beneficiados con lecturas más recientes y variadas, además de con una noción
literaria más sólida, pues en general no solo leen ya CF y fantasía (como en
los buenos tiempos del ghetto) sino
también obras del main stream, sobre
todo de la narrativa norteamericana y del postboom latinoamericano. Con estilo
variopinto, a veces telegramático, otras lleno de claros préstamos idiomáticos
del inglés (esperanto de la tecnología a fines del siglo XX), otras claramente
inspirado en los clásicos sudamericanos, representantes de esta tendencia son
Vladimir Hernández (1966; -Blade- el
ciberfanático #1, que publicó en el 2000 su libro de cuentos Nova de cuarzo y fue finalista en el
prestigioso concurso catalán UPC de novela corta de CF en ese mismo año, con Signos de guerra, aparecida en una de
las antologías anuales que publica la Universidad Politécnica de Cataluña, y de
nuevo finalista del mismo premio en el 2002 con Hipernova), Fabricio González (1973, quien últimamente -tal vez
debido a lo ocupado que estaba en primero graduarse y luego convertirse en
profesor de Filología- se ha dedicado más a la crítica que a la ficción, y no
se considera a sí mismo un auténtico ciberpunk, pero sí suscribe gran parte de
los postulados de dicho movimiento), Ariel Cruz Vega, Michel Encinosa (1974,
uno de los más prolíficos de la joven hornada, con grandes influencias de la
literatura fantástica al estilo tolkieano y dueño de un refinado y críptico
estilo poético. Publicó en el 2001 el
libro de cuentos de fantasía heroica El
sol Negro, y su Ofidia, -de la que
hace poco apareciera la selección de cuentos Niños de neón- el universo ciberpunk que comparte con el también
excelente, si bien poco prolífico Juan Alexander Padrón (1973), es uno de los
indudables hallazgos de la más joven CF cubana) y algunos otros con incursiones
ocasionales, como José Miguel Sánchez -Yoss-
en algún que otro cuento, lo mismo que autores cronológicamente clasificables
más bien dentro de la primera tendencia, como Roberto Estrada (que también
fuera en 1997 finalista del UPC con su novela corta Bosque, aún inédita) y hasta el propio Bruno Henríquez o su hijo
Alvan Henríquez, a veces.
A pesar de contar ya con obras
notables como la antología de cuentos Horizontes
probables, recopilada por Vladimir Hernández Pacín -Blade- y publicada en México, puede decirse que el ciberpunk,
movimiento de la CF en los 80s tardíos y los 90s tempranos, llegado con cierto
retraso lógico a Cuba, es más bien un estilo de escribir y una manera de
abordar la realidad que una auténtica corriente, sobre todo por su condición
minoritaria dentro del ya exiguo panorama de la CF cubana.
La tercera corriente sería
simplemente lo demás. Lo
experimental, lo raro, lo más novedoso. Claros ecos de lo que fuera la New Wave
de los años 60, con el descubrimiento tardío de autores como Phillip K. Dick,
Samuel Delany, Michael Moorcock, Brian Aldiss, Thomas M. Disch, John Brunner y
J. P. Ballard pueden hallarse en cuentos de varios autores, como Ariel Cruz,
Michel Encinosa, Juan Pablo Noroña y Yoss. Mención aparte merece Lester Alvarez,
cuyo magnífico cuento La casa, junto
a su texto (inclasificable de otro modo, pues está de lleno en la tenue
frontera entre ensayo y ficción) Sobre
la detección de universos alterados, hacen concebir esperanzas de que le
aguarda un futuro aún más brillante en el género. Erotismo, guerra, space opera
y referencias metafóricas a la realidad cotidiana (las novelas Los pecios y los náufragos, recientemente
publicada y destinada al público
adolescente, como las aún inéditas Al
final de la senda (aunque aparecerá a principios del 2003, simultáneamente
en Cuba y México); El advenimiento,
y Pluma de león, así como la
cuentinovela Se alquila un planeta-publicada
en 2002 en España por la editorial Equipo Sirius, aunque aún no aparecida en
Cuba- obras todas de Yoss; las ya
mencionadas Signos de guerra e Hipernova de Blade, y Bosque de Roberto Estrada Bourgeois -R. E. Bourgeois- todas finalistas en el
prestigioso Premio UPC de novela corta CF en España, en 1997 y 2000).
Experimentación formal, indagación poética, conflictos dickianos de identidad,
juegos con el lenguaje, una búsqueda de los límites temáticos y formales, la
hiperrealidad (constante en la obra más reciente de Raúl Aguiar, como el cuento
El tren de Einstein o la novela La estrella bocaarriba, que se duda si
clasificar como realismo o como CF) y una curiosa convergencia entre los campos
de la CF y la fantasía heroica clásica (en historias como la aún inédita El ángel de la inmovilidad de Michel
Encinosa ), parecen ser algunas de las tónicas de esta tendencia, la más
innovadora y promisoria, amén de contar con mayor número de seguidores.
En 1999, con el restablecimiento lento pero seguro de las ediciones
nacionales, la CF cubana muestra esperanzadores signos de recuperación. La
premiación en diciembre de 1998, en el Concurso Luis Rogelio Nogueras, de la
novela Los pecios y los náufragos de Yoss,
así como las menciones obtenidas en dicho certamen por los libros Nova de cuarzo de Blade; Los viajes de
Nicanor, del humorista y guionista Eduardo del Llano Rodríguez; la
recopilación fantástica El Druida,
de Gina Picart Baluja, (ya publicados estos tres) y otra vez Bosque de R. E. Bourgeois, mostraron al
Centro Provincial del Libro y la Literatura que algo estaba pasando con la CF y la fantasía cubanas… por lo su
editorial, el sello Extramuros, ha decidido destinar en lo adelante varios
tomos anuales a las temáticas de la CF
y la fantasía.
En 1999 vió la luz en Argentina otra
antología de cuentos cubanos de CF, prologada y recopilada por Bruno Henríquez;
Polvo en el viento, que incluye
cuentos de algunos de los más jóvenes autores del género, junto a otros más o
menos consagrados.
En la Editorial Letras Cubanas apareció en el 2000 la antología de
fantasía y CF Reino Eterno, y en
otra casa editorial, Abril, aparecerá pronto otra, Pórtico XXI, (ambas con selección, prólogo y notas de Yoss), con similares características en
cuanto a la composición de edad de sus narradores, aunque con predominio de los
más jóvenes. Al igual que la ya mencionada Horizontes
probables, aparecida en México, prologada y recopilada por Blade. Otra antología, Onda de choque, esta de Blade, está en el plan de publicaciones
de la editorial Extramuros.
Las convenciones CUBAFICCION 1999, 2000, 2001 y 2002, que aunaron a
aficionados al género con seguidores de la mística y el esoterismo
paracientífico (yoga, energía piramidal) y otros temas colaterales (música
electroacústica, caos, fragtales, cómics, paleocontacto, etc.), mostraron el
enorme interés que tiene el público por estos temas. A las últimas han asistido
incluso varios representantes del prestigioso fanxine norteamericano LOCUS. La celebración, ya tradicional
dentro de estos eventos, del Concurso Dragón de Cuento y Poesía Superbreve (1
cuartilla) hace patente la gran cantidad de aficionados a la literatura de CF.
En el 2000, por primera vez, el recién creado Taller de CF Espiral (así nombrado por Yoss,
su fundador, en honor a la primera novela de Agustín de Rojas, y que aún
sesiona semanalmente, ahora dirgido por Juan Pablo Noroña), otorgó los premios
homónimos a los mejores cuentos cortos, noveletas, portadas y novelas del
género publicadas en los últimos 10 años.
En la programación espcieal
televisiva de los veranos del 2001 y 2002, Bruno Herníquez ha repetido el éxito
de Daína Chaviano en los 80, presentando y comentando un nuevo ciclo televisivo
de CF. Y ya se considera muy en serio convocar de nuevo el David de CF, por 12
años suspendido.
Pero ¿Qué preocupaciones tiene la CF
cubana al final del milenio?
Las comunes al resto de la CF
mundial: ¿Quiénes somos, de dónde venimos, a dónde vamos?¿Sobreviviremos al
desastre ecológico al que nosotros mismos estamos precipitando? ¿Y al stress
informático del cual Internet es el síntoma más visible? ¿Estamos solos en el
universo? ¿Qué ocurrirá cuando se logre al fin la Inteligencia Artificial? y
muchas más. Para los jóvenes autores cubanos, la CF sigue siendo el método
ideal de comprender mejor esa hiperrealidad que es el vertiginoso presente,
volcando la mirada al hipotético futuro.
Además, como país subdesarrollado
que había escogido la vía del socialismo ahora aparentemente sin salida,
abocado a cambios económicos y sociales de destino impredecible, como pieza de
museo en un mundo unipolar, como mundo antes casi cerrado, hoy de pronto abierto
al turismo internacional y la inversión extranjera con su secuela de lógicas
desigualdades sociales... la CF en Cuba enfrenta interrogantes particulares.
¿Seremos en el futuro inmediato una reserva turística mundial? ¿Cuál es el
futuro que nos espera como país subdesarrollado en un mundo neoliberal?
¿Después del socialismo (y/o de Fidel) qué?
En algunas obras como la
cuentinovela Se alquila un planeta
de Yoss que incluye cuentos como Trabajadora social, El performance de la muerte y El equipo campeón, de creciente
popularidad y no solo entre los fans
del género (lo que ha determinado, por ejemplo, que el primero de estos relatos
fuese incluido por el escritor y presidente de la UNEAC Francisco López Sacha en su antología de cuentos cubanos
de distintos géneros La tierra de las
mil danzas de próxima aparición en Italia; y el segundo en Horizontes probables) se indaga sobre
el presente y el futuro del país metaforizando sobre la situación actual. Lo
mismo hacen varios de los cuentos de Nova
de cuarzo, de Blade,
pertenecientes junto con algunos de Fabricio González Neira al ciclo ciberpunk
de CH… un megalópolis del tecnocapitalismo en el 2050, desarrollada a partir de
la actual ciudad de La Habana. Una CF comprometida, mirando al cosmos y al
ciberespacio, pero también al entorno, esa será la ciencia ficción cubana del
comienzo del tercer milenio.
A pesar del aventurado y aún
solitario esfuerzo de Extramuros, las perspectivas editoriales aún son
problemáticas. En estos momentos, la mayoría de las aún muy escasas ediciones
cubanas se hacen gracias a donaciones de papel de organizaciones no
gubernamentales de solidaridad con Cuba en otros países, o al Fondo de
Desarrollo para la Cultura. Y una vez más se da preferencia al realismo, sobre
todo en su vertiente más crítica, temática que ha alcanzado un indudable
renombre en estos tiempos de período especial.
En las cuatro ediciones de la
colección Los Pinos Nuevos publicadas
hasta ahora, había un solo título que podría considerarse como de CF, en la
primera: La poza del ángel de Gina
Picart Baluja, con el que esta autora obtuviera años antes el premio David.
La otra vía para que los autores
cubanos puedan publicar en el período especial, las revistas y las antologías
extranjeras, tampoco acoge con mucho beneplácito a la CF cubana. En un mercado
mundial casi totalmente dominado por autores anglosajones, donde solo España
tiene suficiente autonomía editorial como para publicar autores nacionales al
mismo nivel que a los maestros norteamericanos, decir ciencia-ficción cubana
parece hasta el momento sinónimo de pérdidas financieras y de empeños
irrentables.
La verdadera CF, en opinión de casi
todos los editores, se escribe en inglés o en francés (aunque un cuento de Yoss,
Kaishaku, apareció en la
antología Utopiales 2002, publicada
en dicho idioma) cuando más en japonés, países todos del primer mundo. Sobre
Cuba, el público extranjero quiere leer acerca de sus balseros, sus jineteras,
sus gays y sus disidentes, pero ¿ciencia ficción cubana? ¿Existe algo así? ¿Y
si existiera, qué valor podría tener? ¿O es que acaso no resulta ya suficiente
CF la realidad cubana de por sí?
10 de
diciembre de 2002
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