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EL HOMBRE QUE FORJÓ LA EDAD DE ORO
José Antonio Del Valle

Durante una conferencia en la Hispacón de Zaragoza, el periodista Julián Díez nos hizo reír a la mayoría de los presentes quitándoles la responsabilidad sobre lo que hoy en día es la ciencia ficción como género literario a personajes como Asimov, Clarke y un largo etcétera, ?pobrecillos? ?dijo- ?la culpa no es suya, ellos lo hicieron lo mejor que pudieron?. Sin embargo, su intento de empezar aquella charla con algo que rompiese el hielo me hizo pensar que, al menos durante un tiempo, sí que hubo una persona directamente responsable de lo que la ciencia ficción fue en su época; una persona que, a decir de algunos, ?escribió? el solito la mejor ciencia ficción de la llamada Edad de Oro. Me estoy refiriendo a John W. Campbell, editor durante muchos años de la revista Astounding Science Fiction que marcó las pautas de nuestro querido género hasta principios de los años 50.

John Wood Campbell Jr. ( 1910-1971) estudió en el Massachusets Institute of Technology (el famoso MIT) y en la Universidad de Duke, donde se graduó en Físicas en 1923. No obstante, la gran depresión hizo que enfocara su vida hacia la ciencia ficción, en la que ya había destacado mientras completaba sus estudios, publicando en los pulps de la época como Amazing Stories. Como escritor llegó a ser uno de los más populares de los años 30. Sus seriales de aventuras le hicieron convertirse en uno de los principales rivales de Edward E. Smith, considerado el padre de la Space Opera, y serían reeditados en los años 40 como novelas y colecciones. De esta etapa podemos destacar ?The Incredible Planet? (1949) o ?The Mightiest Machine? (1947). Además, publicó algunos relatos de ciencia ficción tal y como luego él mismo la concebiría en su labor como editor y, curiosamente, estos los firmó con el seudónimo Don A. Stuart; nos referimos a relatos como ?Atomic Power? o el más conocido por sus versiones cinematográficas ?Who Goes There??, publicado en España primero por Martínez Roca como ?¿Quién hay ahí?? en la antología de 1983 Vinieron del espacio exterior y últimamente por el fanzine Pulp Magazine como ?El enigma de otro mundo? ( 1) , que rescata el título de la versión cinematográfica de los años 50.

A finales de 1937 Campbell se convierte en editor de Astounding Stories a la que en cuanto pudo cambió el nombre por Astounding Science Fiction por no parecerle el primero demasiado serio para su concepto de lo que debía de ser la ciencia ficción. De hecho, hasta el momento de su llegada a la revista, llamada primero Astounding Stories of Super-Science, se había caracterizado por publicar relatos y seriales de aventuras sin la seriedad de por ejemplo la Amazing Stories de Hugo Gernsback, que en aquel entonces era la más prestigiosa. Como editor de Astounding se va a rodear de un grupo de escritores, la mayoría muy novatos en aquellos momentos, a los que va a empapar de sus especiales concepciones y de los que va a obtener algunos de los mejores relatos de la historia del género. Entre ellos destacarán Heinlein, Asimov, Sturgeon, Van Vogt, Hal Clement, Jack Williamson, L. Sprague de Camp o Clifford D. Simak, por citar a los más conocidos. De hecho, la fecha normalmente reconocida como el inicio de la Edad de Oro es la del número de Julio de 1939, en la que aparecen el relato ?Black Destroyer? ( 9) de Alfred E. Van Vogt (relato en el que después se inspiraría Alien: El 8º pasajero lo que, por cierto, le hizo ganar a su autor una querella millonaria) (5) y otro menos importante de Isaac Asimov, ?Trends?. Además de éstos, publicarán en Astounding, aunque más esporádicamente, la mayoría de los grandes del género, como Bester, Clarke o Bradbury.

La labor de Campbell como editor nos ha llegado a través de las memorias de estos escritores, especialmente de las de Isaac Asimov. Para el que haya leído las introducciones que preceden a cada relato de los tres volúmenes de The Early Asimov (En España La Edad de Oro, publicados por Plaza&Janes) en las que ?el buen doctor? nos narra sus experiencias con el editor de Astounding, no será difícil hacerse una idea de su método. En primer lugar, Campbell quiso conseguir una familiaridad, una cercanía con sus autores que le permitía rechazar una y otra vez sus originales mientras imbuía sus propias ideas en ellos sin llegar a quebrar su autoestima. Para ello era capaz de dedicarles gran parte de su tiempo a los más prometedores discutiendo sus ideas y, sobre todo, lanzando las suyas propias. Con ello lograba un proceso de retroalimentación mediante el cual conseguía ver sus postulados plasmados por aquellos jóvenes de una manera totalmente diferente a como él mismo lo habría hecho. Hay que tener en cuenta que por aquel entonces la mayoría de ellos, salvo excepciones como Williamson o Simak que ya habían publicado mucho antes, eran jóvenes imberbes que se dejaban impresionar fácilmente por la mayor experiencia de Campbell, quién la mayoría de las veces les guiaba sutilmente en la dirección que más le interesaba. Sobre esto, Robert Silverberg ( 8) confirma que Campbell estaba solamente interesado en sus propias ideas, pero que necesitaba a sus escritores para exponerlas y desarrollarlas. El mismo Asimov relata también como fue Campbell quien, en una de aquellas maratonianas reuniones de las que nunca se iba uno de vacío, le expuso sus famosas ?tres leyes de la robótica? así como quién, en otra ocasión, inspiró su, para muchos, relato más logrado ?Anochecer? al leerle una cita de Emerson. Por otro lado, la preparación científica de Campbell y la época que le tocó vivir influyeron en su concepción que hoy llamaríamos Hard de la ciencia ficción como un género que usa uno o unos pocos postulados y desarrolla sus consecuencias lógicas siempre consistentes con el saber del momento. Es decir, de alguna manera, Campbell fue en Estados Unidos el representante de una corriente de pensamiento que trataba de usar la ciencia ficción como herramienta para predecir lo que el futuro podía depararnos, y que tiene en H.G. Wells su modelo y su representante clave a este lado del Atlántico. Cuenta Silverberg ( 8) como anécdota que, para ilustrar en uno de sus magníficos editoriales el rápido avance de la ciencia en aquel momento en contraposición con la lentitud de otros tiempos pretéritos, Campbell afirmó en 1938 que el descubridor de la energía atómica estaba ya vivo y trabajaba de forma anónima en algún oscuro lugar. Y efectivamente, 10 meses después, en otro editorial pudo relatar el descubrimiento de la fisión nuclear por Otto Hahn. Termina Silverberg relatando la parte graciosa de la historia, cuando durante la Segunda Guerra Mundial tuvo que responder ante el FBI que se extrañó de sus múltiples editoriales a lo largo del conflicto hablando de algo tan ultrasecreto por aquel entonces como el poder atómico, cosa que hizo enseñando a los avezados agentes una pila de libros de texto.

A su forma de ver el mundo contribuyó por último el clima de optimismo que envolvía a todo lo relacionado con la ciencia en el mundo de entreguerras; así, John Clute ( 2) afirma que los autores y los lectores de la Edad de Oro sentían que, de alguna manera, estaban construyendo una escalera hacia el futuro.

Partiendo de todas estas premisas, Campbell iba a promover una forma de hacer ciencia ficción, de la que anteriormente había tenido que desistir Gernsback, la cual despreciaba los seriales a la manera de autores como Edgar Rice Burroughs o E.E. Smith que con sus relatos cargados de aventuras intrascendentes, llenas de bellas mujeres en peligro y monstruos de ojos saltones, habían poblado los pulps hasta el avenimiento de Astounding. La nueva etapa de la ciencia ficción iba a estar cargada de plausibilidad científica y de una serie de presupuestos campbellianos que muchas veces amenazarían con encorsetar el género y a los autores que trabajaban para su revista como ya veremos.

Hay que reseñar que este paso hacia una ciencia ficción en la que la ciencia sustituyese a la aventura como principal hilo conductor no llegó a darse en España, donde las peculiares novelas de a duro, que no eran sino westerns espaciales en su inmensa mayoría, no llegaron jamás a dar ese salto cualitativo.

En 1960 desaparece la cabecera Astounding Science Fiction y se sustituye por Analog, con la cual la revista ha llegado hasta nuestros días. Cuando sobreviene el cambio de imagen la revista llevaba ya más de diez años en un proceso de ?fosilización? progresiva que la había llevado a perder su posición como cabeza visible del género frente a apuestas más arriesgadas como las de Galaxy y The Magazine of Fantasy & Science Fiction en Norteamérica o la New Worlds de Michael Moorcock en Gran Bretaña. Las causas de esta decadencia fueron muy variadas: El pesimismo de la posguerra, el terror ante la parte oscura del avance científico culminado en Hiroshima y Nagasaki, la permanente amenaza de una tercera guerra mundial y el inicio de la carrera espacial en 1957 originaron una nueva forma de pensar que podría resumirse en ?bueno, el futuro ya está aquí ¿ y ahora qué?? y que curiosamente acabó en parte con el dominio de la revista de Campbell.

Pero no nos engañemos, los presupuestos en los que Campbell había basado su labor editorial tuvieron la mayor parte de la culpa de su paulatina decadencia. Aun hoy nos resulta curioso leer en las memorias de Asimov como Campbell rechazaba continuamente la mayoría de sus historias, que luego eran vendidas casi con toda seguridad a otros editores ?menos exigentes? como Frederik Pohl. Como ya hemos visto antes, Campbell estaba interesado en sus ideas y su visión del mundo, lo que en muchas ocasiones significaba lamentablemente que no le interesaban las de sus escritores. Son célebres las limitaciones impuestas a algunos de ellos: por ejemplo Asimov desarrolló su universo literario de Fundación libre de alienígenas por la sencilla razón de que Campbell rechazaba sistemáticamente cualquier historia suya en la que apareciesen extraterrestres capaces de competir con los humanos en inteligencia. Menos conocidas son sus imposiciones en otros sentidos: así, cuenta Philip K. Dick que Campbell solo permitía un tipo de mutantes en sus historias, que eran básicamente buenos y estaban ?al mando de la situación? ( 4) para regir a la humanidad de forma benévola.

Es decir, del tipo del Superman del cómic o el Slan de Van Vogt. Dick, al que gustaba experimentar con sus ideas de todas las maneras posibles, pensaba que confiar en aquel tipo de mutante sería ?como poner al zorro al frente del gallinero?. En 1954 escribió un relato, ?El hombre dorado?, en el que el mutante protagonista no solo no tiene ningún interés en portarse bien con la humanidad a la que ve como un rebaño de seres inferiores, sino que huye y se convierte en una amenaza. Evidentemente Campbell nunca lo publicó. Y Dick fue solo uno en un numeroso grupo de buenos escritores a los que les fue prácticamente imposible publicar con Campbell, aunque lo logró una sola vez, en 1953 con su relato ?Imposter? ( 3) en el que el protagonista se debate en la duda de no saber si es un ser humano o un robot asesino programado para pensar y tener todos los recuerdos de éste y que ha sido recientemente adaptado al cine con el título de "Infiltrado".

En general todas las imposiciones de Campbell como editor se basaban en su visión del mundo condicionada por su pertenencia a la minoría universitaria de la época. En ella, una pequeña élite de seres humanos, que como en las ideas platónicas se suponía superior merced a su sabiduría, era la llamada a guiar al resto utilizando como herramienta su conocimiento de la ciencia. Por ello fue con escritores como Robert A. Heinlein o L. Ron Hubbard, cuyas ideologías probablemente le eran más próximas con los que consiguió su mayor compenetración. Resulta sintomática una carta a Hubbard, con motivo de la publicación de su revista Unknown de fantasía, que no duró mucho tiempo debido a la escasez de papel durante la guerra, en la que dice que el adulto medio tiene la mentalidad de un niño de 14 años, por lo que rechaza que pueda estar interesado en ?historias de niños? para resaltar su madurez. No hay más que leer Campo de batalla, la Tierra de Hubbard, en la que unos alienígenas que han conquistado nuestro planeta en minutos son descritos como verdaderos retrasados mentales ante los que acaba venciendo el empuje de la humanidad, para darse cuenta del tipo de historias que se acabaron escribiendo por ese camino. Sin embargo, el público de finales de los cuarenta no era ya tan fácil de ?guiar?, sobre todo en una época en la que la paranoia había sustituido al optimismo. Es difícil ser optimista cuando el legado de la ciencia son los ejercicios de defensa civil en los que escolares se protegían bajo sus pupitres de la muerte nuclear. Curiosamente este nuevo estado de cosas va a servir de caldo de cultivo para una generación de autores que se van a replantear los antiguos dogmas y que van a dar un nuevo giro a la ciencia ficción que probablemente llegue a resumir muy bien posteriormente Harlan Ellison en sus Visiones Peligrosas (1967). La nueva ciencia ficción va a estar llena de desastres, otro de los tabúes de Campbell, que inicialmente no podrán evitar el voto de confianza hacia una humanidad que siempre sale triunfante como por ejemplo en El día de los trífidos (1951) de John Wyndham, pero que posteriormente se nos mostrarán en toda su crudeza. Los nuevos mundos a los que se asomará la ciencia ficción serán la pesadilla postatómica, la respuesta de la naturaleza atacada por la ciencia y la paranoia frente al extraño, que la mayoría de las veces ocultará el miedo a la infiltración comunista de la sociedad durante los 50 y los 60, representada en la ciencia ficción por replicantes robóticos o alienígenas cambiaformas indistinguibles del ser humano. Todo ello serviría como telón de fondo a la formación de lo que se ha llamado New Wave o New Thing, que probablemente tenga su máxima expresión en J.G. Ballard y que llega a la máxima distancia posible de los postulados campbellianos. Va a ser ahora la forma literaria la que comience a ganar terreno a la idea científica, y prueba de ello es que a finales de los 50 será P. Schuyler Miller, uno de los colaboradores habituales de Astounding quién acuñe el término ?Hard Science Fiction? para denominar algo que en plena Edad de Oro no habría podido sino ser sinónimo de prácticamente toda la ciencia ficción que se hacía. Con todo ello, van a ser nuevas publicaciones más innovadoras las que dejen en un segundo término a Analog, lugar del que ni siquiera hoy ha podido escapar.

A todo lo anterior hay que unir el advenimiento de la novela como forma principal de la ciencia ficción en detrimento de los pulps, que se fueron apagando lentamente hasta su casi extinción actual; y el predominio que durante años consiguieron los autores británicos como los citados Wyndham o Ballard, para comprender la decadencia final del modelo Campbell.

A partir de 1949, Campbell va a estar más preocupado por su participación junto a L. Ron Hubbard en la génesis de la Iglesia de la Cienciología, cuyos presupuestos curiosamente se van a parecer mucho a los que Campbell utilizaba en su labor editorial. En mayo de 1950 publica su artículo ?Dianetics? en Astounding, demostrando su compromiso con la nueva secta, lo que le va a distanciar casi definitivamente de algunos de sus incondicionales como Asimov y, en lo personal, causará el divorcio de su mujer, Dona, con lo que iniciará el camino que le llevará a terminar sus días totalmente aislado en 1971.

En definitiva, no se podría concebir una historia de la ciencia ficción sin lo que la personalidad de Campbell supuso. Pese a sus errores supo rodearse de uno de los mejores grupos de escritores que, volviendo a la conferencia de Julián Díez, tienen mucha parte de culpa de lo que la ciencia ficción es hoy en día y, aunque me gustaría decir lo contrario, no solo en lo positivo. Sin embargo, podemos hacernos una idea de lo que la ciencia ficción habría sido sin Campbell, evidentemente sin tener en cuenta la parte empresarial, fruto únicamente de un país como Estados Unidos, por el sencillo procedimiento de observar la historia de la ciencia ficción en España que, salvo honrosas excepciones, aún hoy sufre una carencia endémica de eso que llaman Hard, y que tardó muchos años en plantearse la posibilidad de que se pudiese escribir algo ?serio? dentro de este mundillo.

BIBLIOGRAFÍA

( 1) CAMPBELL, JOHN W : ?El enigma de otro mundo?. Pulp Magazine nº4, Junio 2001.

( 2) CLUTE, JOHN: ?Ciencia ficción: Enciclopedia ilustrada?. Ediciones B, Barcelona, 1996.

(3) DICK, PHILIP K: ?Imposter? en ?Second Variety: The Collected Stories Volume 2?. Harper Collins, London, 1989.

(4) DICK, PHILIP K: ?El hombre dorado? en ?Cuentos completos 3: El padre cosa?. Martínez Roca, Gran Superficción. Barcelona, 1992.

(5) JAUREGUIZAR, AGUSTÍN: ?De Beasts y Slans: Murió Van Vogt?. BEM nº 74, Junio 2000.

(6) MOSKOWITZ; SAM: ?Clifford Donald Simak?. Nueva Dimensión nº112, Mayo de 1979.

(7) SILVERBERG, ROBERT: ?Last of the Golden Age Warriors?. Asimov´s Science Fiction, May 2001.

(8) SILVERBERG, ROBERT: ?The Centre Does not Hold?. Asimov´s Science Fiction, June 2001.

(9) VAN VOGT, ALFRED E: ?Destructor negro?. Pulp Magazine nº5, Septiembre de 2001.

José Antonio del Valle.

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