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Recetas para Dominar el Mundo
Jorge Vedovelli

Primera Parte 
 

     Imagina que eres el hijo de alguno de los hombres más poderosos de la Tierra. Tienes cualquier cosa que se te antoje: casas, coches, yates, videojuegos, el número 1573 de la revista "El Jueves"... Pero sabes que puedes perderlo todo si tu padre no es elegido candidato para las próximas elecciones o tu primo Alfred no consigue meter la cabeza en el Consejo de Administración de Halliburton, junto a tu colega Dick. Y encima, en esas elecciones, puede que ni siquiera ganen los tuyos. Es posible que las campañas mediáticas abonadas con el negociete de armas de tu tío Joe no sean lo bastante convincentes y haya algún bocazas tipo Moore que se dedique a tocarle las mermellas a todo el tingladillo de tu familia. "La donna e mobile", y los electores... ni te cuento. Si a eso le sumamos que los años no pasan en balde y que por mucho colágeno, liposucciones o liftings que te hagas (por no contar las maratonianas sesiones de gimnasio-masaje-sauna), tu nariz y tus orejas se hacen más grandes cada día, no hay manera de mantener la tripa dentro y, para colmo, cada vez que subes una escalera acabas con un sospechoso dolorcillo en el pecho... ¡¡¡Se hace urgente tomar medidas ya!!! 

     Entonces aparece un libro. Tú, por supuesto, ni te molestas en leerlo (eso es demasiado vulgar), pero tu secretario personal (un tiralevitas de tomo y lomo) lo hace por ti y te lo mastica adecuadamente para que lo entiendas a la primera. Resulta que, para tu sorpresa, aquel librillo (nada del otro mundo en otras circunstancias) propone una manera muy bien estructurada y fácil de seguir para acabar con las inseguridades que amenazan el modo de vida de los tuyos. Es un poco drástico, sí, pero con la pasta que tienes y untando a la gente adecuada, podría llevarse a cabo. Incluso podrías considerarlo un "experimento económico" como el que hizo aquella marca de ordenadores de tres letras (junto a tus espías de también tres letras) con aquel gobierno tan molesto de Chile. Sí, es cierto, habrá "daños colaterales", pero siempre puedes adormecer tu conciencia (si aún la tienes) con aquella frase tan ocurrente que unía huevos rotos y tortillas. 

     Básicamente puede resumirse en estos pasos (a seguir en orden o no, como te apetezca): 

1.- Controla los medios de comunicación (¡¡¡hecho!!!)

2.- Haz desaparecer "inexplicablemente" a ciertos sujetos incómodos (aprender del primo Putin)

3.- Aguanta el tirón ante las críticas y toma buena nota de quién las hace (volver al punto 2)

4.- "Corleoniza" el mundo de la política y la empresa (¡¡¡chupao!!!)

5.- Rodéate de algunos esbirros (Miniyó tiene mucho que enseñarte)

6.- La familia unida, permanece unida (primos, sobrinos, hermanos..., ¿por qué leer curriculums si la mejor referencia son los genes?)

7.- Idiotiza a la gente (la Tele-Basura, ¡qué gran invento!)

8.- Crea opinión (si alguien se resiste, pon un par de famosetes diciendo chorradas convenientes, y listo)

9.- Mete miedo (no hay nada mejor para que la gente acepte cosas inaceptables que decirles que es por su bien y que si no morirán, y todas esas cosas)

10.- Crea "tontos útiles" (busca un enemigo exterior -o interior- y échale la culpa de todo. Esto enlaza a la perfección con el punto 9)

11.- Si hay gente que aún "piensa" después de los puntos 7, 8, 9 y 10, ve al punto 2. 

     Estos son los pasos iniciales. Cuando los controles podremos pasar a la segunda lección. 
 

Segunda Parte 
 

     Si has seguido con atención los pasos indicados en la primera parte de estas recetas, ¡enhorabuena! Estás en condiciones de adentrarte en el verdadero meollo de todo este tinglado. 

     Dejemos las cosas claras. Tú no has venido al mundo a trabajar para otros, a intercambiar tiempo (del que cada segundo tienes menos) por dinero (la mayor parte de las veces el justo para "ir tirando"). Tú estás aquí para pasártelo de "lupa" madre, no dar un palo al agua, e intentar (en la medida en la que algunos curritos científicos y demás esbirros te permitan) vivir del cuento por los siglos de los siglos. 

     Pero (hete aquí, pequeño saltamontes), que vas a encontrar una resistencia inesperada a tus deseos en el resto de la Humanidad (esa especie de idea informe que repentinamente toma forma en los conciertos y discotecas, y que suele oler a chotuno). Ellos, por esas cosas que tiene el destino, resulta que quieren vivir exactamente de la misma manera que tú, y como los recursos (esas cosas que suelen ser gratis hasta que dejan de serlo) son escasos, no dan para todo el mundo... y eso es una lata. Para que cada día tú te deleites con un solomillo a la pimienta, quince representantes tercermundistas de la Humanidad esa, deberán quedarse a dos velas. 

     Tú sabes que si se hubiera querido desde el principio de los tiempos que todos compartiéramos por igual esos recursos, y que con ser un poco menos egoístas y soberbios, envidiar menos lo que tiene el otro, dar menos valor a cosas que en realidad no lo tienen (¿Oro? ¿Diamantes?... ¡Mi tessssoroooo!) y compartir un poco más, viviríamos todos más o menos bien (un poco peor, pero no demasiado, los que tienen mucho; y mucho mejor los que no tienen nada) pero claro, ¿quién quiere hacer uso del autobús o del lavabo con un cualquiera del extrarradio? Eso es demasiado vulgar para una piel tan sensible como la tuya. ¡Viva la segregación! Además, si todos fuéramos ricos, ¿quién haría el trabajo sucio? ¿Robots? ¡De eso nada! ¿Para que luego piensen demasiado, se organicen y nos monten otro Terminator con el Schwarzy a la cabeza? Mejor no menearlo. 

     Pero volvamos al grano. Aquí estamos para darte soluciones y no problemas, por eso ahí te van un par de ellas: 

1.- Después de los pasos 7, 8, 9 y 10 de la entrega anterior, tendrás a toda la peña lo bastante idiotizada para hacerle creer cualquier cosa. Explícales el mundo como te de la gana y ponlo todo en un libro (podrías llamarlo el "Gran Libro de la Patata", como en la serie "Dinosaurios"). Claro que siempre habrá alguien que levante la mano con alguna duda. Tú le darás una colleja y acto seguido responderás con alguna vaguedad cualquiera tomada al azar del libro. Después hazles repetir una serie de frasecitas predefinidas y autoconcluyentes, y ¡voilà! Ya tienes la mitad del camino recorrido. La otra mitad es algo más trabajosa, pero con empeño y constancia todo se consigue. 

2.- Diles por activa y por pasiva que el sufrimiento por el que pasen en esta vida se verá recompensado en la otra. Pero, como en el caso anterior, siempre habrá aguafiestas que digan eso tan socorrido de: "¿Y tú por qué no sufres como nosotros?" A lo que deberás responder de dos formas según el número de preguntones. Si es uno o dos, aplica el segundo paso de la entrega anterior (¡el matarile!). Si son tres o multitud, no es cuestión de ponértelos en contra, así que haz como en el kung-fu y usa su fuerza contra ellos mismos y suéltales frases contundentes y meditadas como lo del "valle de lágrimas" y todas esas cosas. Y lo curioso es que en cuanto lo asimilen bien, matarán y morirán por esas mismas ideas que los mantienen calladitos y obedientes. La Mente Humana, ¡ese otro gran invento! 

3.- Hazte "intocable". No, no me refiero a que pertenezcas a la casta hindú, sino a que te hagas literalmente intocable, inaccesible, desconocido, remoto, en definitiva, sagrado. Eso no es difícil, simplemente no frecuentes las compañías de elementos de baja estofa y enciérrate en tu bonita Torre de Marfil. Ya, ya sé que no mola, pero eso es sólo durante un tiempo, lo justo hasta que convenzas a un par de... 

4.- ...Adeptos. En cuanto tus ideas se difundan por ahí con libros, revistas, opiniones de famosetes que se apunten a tus ocurrencias (como algún que otro Tom Cruise cualquiera), etc., te saldrán adeptos como hongos en el vestuario de un gimnasio. ¡Y ya no tendrás que trabajar más! Entiéndeme, ya sé que nunca has trabajado, pero eso de inventarse toda esta historia te ha debido de agotar más de una neurona... que ahora descansará mientras ves cómo otros preparan el pastel por ti. Reposa, te lo has merecido. 

5.- No seas modesto y lánzate al ruedo. Si los faraones pudieron, ¿por qué no tú? Esta es la parte más atrevida pero, ya lo decía Virgilio, "audentes fortuna iuvat". Di que eres un Dios. Directamente, sin tapujos, sin medias tintas, por todo el morro. ¡Ole tu "mare"! 

6.- A los que te siguen hazles subir de nivel, pero que les cueste y que luchen entre ellos para lograrlo. Como muchos jugadores de rol sabrán, por subir de nivel somos capaces de cualquier cosa (en el juego, se entiende) y muchos de tus adeptos por ascender a Sumos Sacerdotes o a simples sacristanes, serán capaces de emular al mismísimo Leo Bassi y comer excrementos de reno sin mostaza ni nada. Después, cuando lo logren, dales algún azucarillo, acaríciales el hocico y reparte unas medallejas de esas de latón que guardas en el armario de las chucherías. Verás lo contentos y orgullosos que se ponen. ¡Son como niños! 

     Pero, y aquí viene la parte desagradable (la que mancha, vaya), siempre, repito, SIEMPRE te saldrán agitadores descontrolados, fanáticos de la otra acera que harán lo posible por derribar el edificio laboriosamente construido por los tuyos (como el mismo Leo Bassi de arriba) que, lo lamentamos, deberán ser "neutralizados" de alguna manera más expeditiva. Y nada mejor para ello que... 

7.- ...Hacerte con un ejército. Hombres rudos, diligentes, amigos de las armas, supervivientes natos y, condición "sine qua non", algo cortitos. Pero los humanos normales son muy suyos, sienten envidias, les corroen los deseos y las soberbias, y tienen esa palabra tan fea (porque es fea, fea) que, paradójicamente, algunos se empeñan en ver positiva: los escrúpulos (¿no te suena a sarpullido? ¿a algo que reventar? "¡Mamá, me ha salido un escrúpulo! Pues no te lo toques o te saldrán más..." ¡¡¡puajjj!!!). Así que lo mejor es aplicar los últimos avances en ingeniería genética patentada del emporio farmacológico del primo Franz y esperar que con ellos consigas esos híbridos tan dóciles y obedientes con los que sueña cualquier aprendiz de Astolfo Hynkel. Y si eso sale mal (ya se sabe lo que pasa con los experimentos y la gaseosa), pues ya se inventarán algo estos chicos tan listos. 

     Y hasta aquí las recetas. Con lo dicho en estas dos clases magistrales, un poco de suerte y mucho morro, serás capaz por fin de... ¡¡¡DOMINAR EL MUNDO!!! 

     Pero ¿quiere esto decir que te convertirás irremediablemente en el malo malísimo, el ser más demoníaco y detestable? Créeme, que tu conciencia no sufra y duermas sin necesidad de valeriana: Cualquier otro en tu lugar habría hecho exactamente lo mismo. ¿Aún no te has dado cuenta de que la meta es "salvarse el culo"? 

     En fin, después de "leer" el Summo Iure este, es el momento de pasar a la acción. Lo primero sería hablar con el tipejillo ese que escribió el libro, comentárselo a otros colegas del club de paddle (o sea) y reunirte con los prebostes (tu padre y dos o tres más) en la última planta del mayor rascacielos de la ciudad más chic del momento. Pero eso lo veremos en la tercera (y última) entrega. 
 

Tercera Parte 
 

     Leer el Summo Iure y todas esas cosas, ha sido fácil. Has podido cerrar los ojos e imaginar un mundo idílico en el que estás rodeado de esclavos que te sirven hasta en tus más mínimos deseos sin importar los suyos. Un mundo de paz y sosiego en el que, tumbado en una hamaca, contemplas el atardecer con una piña colada en las manos. Pero ya se sabe: "el que quiera lapas..." Así que hay que ensuciarse un poco, bajar al nivel del vulgo y codearse con determinados elementos como el tal Alexander ese, creador del libro y todas esas ideas tan edificantes. 

     Por experiencia sabrás que el verdadero poder se ejerce en la sombra, no tanto por timidez o introversión, sino más bien porque si las cosas salen mal, quien se lleva los palos es la cabeza visible. Por eso no deberás oponerte a que "el jefe" del cotarro sea el mismo tío que montó el pollo: Alexander T. Brice. Sobre este tipo hay que decir que es más excéntrico que las pintas del Rappel, pero eso no es un problema siempre que resuelva cosas. Déjale hacer y no te calientes la cabeza... ¡o se te enfriará el soufflé! 

     Si en las anteriores entregas habíamos hablado de cómo "preparar la mesa", ahora nos vamos directamente a "meternos en harina". Y esto necesita de unos cuantos pasos: 

1.- La democracia es molesta. Para qué nos vamos a engañar. Eso de que dependamos de unas urnas para saber a quién le toca gobernar, es una lata. Sí, ya, en el fondo siempre seremos los mismos, pero, entiéndeme, hay que hacer mudanzas, cambiar de vestuario, estresarse un poco con los sondeos de opinión, que si tú eres más popular que yo, que si la gente quiere más pan, o más circo, o... ¡yo que sé! Por eso el primer paso es tener en la manga un par de "experimentos económicos" que nos coloquen a unos señores (militares preferentemente -ver punto 7 de la entrega anterior-) dispuestos a pasarse por el "Arco del Triunfo" los derechos civiles y todas esas cosas. En los años 70 y 80 del siglo pasado ya hubo experiencias bastante satisfactorias en este sentido, ahora sería cuestión de coordinarlas mejor y hacerlas globales... ¡como todo en estos días! 

     Si en el momento de ponerte en marcha, ya hay alguna dictadura por ahí, recuerda: es más fácil convencer a un sólo hombre que a todo un parlamento. Dictaduras: ¡¡¡Todo son ventajas!!! 

2.- La Oposición. A veces es necesaria. Es muy útil tener a unos cuantos señores controlados a los que señalar con nuestro dedo acusador y hacerlos disidentes y todas esas cosas tan románticas. Pero, en la mayoría de los casos, son otro de los apéndices extirpables de las democracias. Nada, ponte la batita verde, ármate con un buen bisturí y a por ellos. Con el ejército que a estas horas seguro ya te habrás agenciado, eso es "pan comido" (¿Que aún no lo has montado? ¿Y a qué esperas, alma de cántaro?). Persigue y elimina, pero sin hacer mucho ruido. En estas cosas la publicidad no es buena consejera. 

3.- Reeduca. Con lo dicho en todos los puntos de las entregas anteriores, esto es ya bastante sencillito. Supongo que habrás hecho los deberes cambiando planes de estudio a tutiplén, controlando los medios de comunicación, prohibiendo y eliminando libros "peligrosos" (¡cuánto hemos de agradecer a Torquemada!) y, sobre todas las cosas, censurando Internet. No, no me refiero a las páginas guarras (pobrecillos míos, en algo se tendrán que entretener), me refiero a todas esas que les hagan pensar, blogs de opinión u otras zarandajas de esas. Con ellas "Ira y Fuego". 

4.- Paciencia. Roma no se hizo en dos días. Ahora es cuestión de dejar que todo esto se hornee bien, se cueza en sus jugos, hasta que suene el "tilt" del temporizador. En eso pasarán un par de años, pero ¿qué son veinticuatro meses si tenemos toda la eternidad para nosotros? En este tiempo recórtales cosillas, no se quejarán (y si lo hacen, usa el miedo, ¡no falla el tío!). Cada vez menos tele, menos radio, menos juegos, menos móviles, menos redes, menos internet, menos, menos, menos... 

5.- Los Corrales. Cuando tengamos a la mayor parte de la población lo bastante idiotizada y llevada a un nivel tecnológico propio de otras épocas, es el momento perfecto de conducirlas a su nueva casa. Los metemos en unas grandes extensiones cerradas y los dejamos que hagan lo que quieran siempre que nos proporcionen dos cosas: trabajo (hay minerales y fuentes de energía por ahí que son necesarias para mantener el jacuzzi en marcha) y carne. 

6.- Trabajo. Busca un mineral (el que busca encuentra... aunque no siempre encuentra lo que busca) que resuelva de una vez tus problemas energéticos. Hubo un tiempo que fue el carbón, después el petróleo... ¡Ha llegado la era del Rubinio! Asegúrate de que toda la vida de esta peña (a partir de ahora los puedes llamar... no sé... ¿plebs?) gira alrededor de la extracción del rubinio en las minas. Convéncelos con una nueva religión (¿la Fe?) de que es bueno sacar el rubinio ese aunque se hagan pupita en las manos, y si aún se resisten, ten lista tu legión de soldados lobotomizados (la ingeniería genética da más problemas que trastear en el hardware cerebral de la gente) para ponerlos en cintura. 

7.- ¿Dónde está Wally? Por supuesto querrás saber dónde se meten en cada momento para poder actuar en el caso de que a alguna lumbrera se le ocurra desmontar el chiringuito. Eso no es difícil, La Era Espacial del s.XX nos dejó algunos satélites a los que podemos dar un mejor uso que vigilar tormentitas o cultivos. En cuanto nacen se les colocan unos localizadores en las patas o en cualquier otro sitio ¡y listo! Un problema menos. 

8.- Gran Hermano te vigila. Pero sería necesaria una antenilla para captar las señales de los localizadores. Nada más fácil. Se hace una torre de tamaño familiar y se coloca en algún punto desde el que no se escape de su mirada ni una mosca. Además, esa torre (a la que podemos llamar "Espiga" -lo de Torre está muy trillado-, y como será oscura porque somos muy malos, le añadiremos lo de "Negra") nos puede servir de prueba sobre la veracidad de la religión que nos hemos agenciado. ¿Quiénes, salvo dioses, podrían construir algo como la Espiga Negra? El resto déjaselo a su imaginación. 

9.- ¿Tecnología? ¡No, gracias! Pase lo que pase, cueste lo que cueste NO DEBERÁN SER TESTIGOS DE NINGUNA, repito, NINGUNA PRUEBA DE TECNOLOGÍA SUPERIOR AL ARADO. Todo énfasis que pueda dar a este punto es poco. Si esta peña redescubre la tecnología... ¡Despedida y Cierre! ¿Recuerdas los castillos de naipes? ¿Las fichas de dominó? Pues algo por el estilo. 

10.- Ganado. Sí, es verdad, al principio da un poco de asco, pero todo es acostumbrarse. A ver, ¿qué animal o planta tiene todas las proteínas, hidratos de carbono, minerales, grasas, vitaminas y demás cochinaditas en la proporción exacta para un hombre? Pues muy fácil: ¡¡¡Otro hombre!!! Que se lo pregunten a los aztecas si no. Y como paren como conejos, pues nada, mucho mejor que las vacas. Ya sé que existe el peligro de los priones, del kuru y esas cosas, pero ¿acaso los japoneses no comen fugu y es venenoso? Además, el premio de la inmortalidad bien vale un filete de nalga humana. 

     Y ya está, listo y periclitado. A vivir y a pasártelo como el Quico mientras ves cómo tu obra crece y se desarrolla. 

     De nada, majete.

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