Nuestra Crítica
Kim Stanley Robinson está profundamente ligado a su obra más conocida, la trilogía sobre la colonización de Marte. Tanto debe a esa trilogía que, quizás, el resto de sus novelas son ignoradas, olvidadas, exceptuando su premiada "Tiempos de Arroz y Sal". Lo que sorprende es saber que, mucho antes de que Minotauro se dedicase a divulgar sus trabajos, había pasado ya en castellano con una trilogía utópica/distópica que, ya no es que no sea conocida, es que en casi todas las bibliografías en castellano se ignoran.
"La playa salvaje" es la primera parte de esa trilogía, que tiene lugar en una California cambiada según diferentes influencias del hombre respecto a la tecnología: en éste los hombres vuelven a un estilo de vida practicamente rural, feudal, tras una hecatombe que ha dejado aislado a Estados Unidos del resto del planeta; en "La costa dorada" la tecnología ha barrido la naturaleza en un futuro hipercontaminado, y en "The Pacific Edge", inédito en castellano (y que se podría traducir como "La orilla del Pacífico"), el futuro consigue un equilibrio entre ambas cosas, aunque con eso no se consigue la felicidad. Los tres libros tienen un personaje en común que ejerce de sabio, aunque cada vez en una profesión distinta. Es decir, podrían ser tres caras de una misma historia.
En esta primera parte, y primer libro del autor, se notan los posteriores temas comunes, aciertos y defectos que definen practicamente todas sus novelas, pero además recoge viejos temas de la ciencia ficción, de la novela de aventuras y el viaje iniciático, midiendo los efectos de una narración que explica bastantes cosas a la vez. Por una parte es muy similar a ese "Cartero" de David Brin que Kevin Costner no entendió al llevar al cine, un futuro donde la sociedad norteamericana, acostumbrados a sentirse parte de un país cuya abstracción les protege, están obligados a retomar los tiempos de pioneros, y de alguna forma acaban sobreviviendo como sus antepasados de hace unos siglos. Efectivamente, hay mucha atmósfera de "western" en esa comunidad que lucha contra los bandidos, las inclemencias, y una extraña tribu (o comunidad) a los que no entienden y temen, y también hay mucho de alabanza de esa sociedad norteamericana que tanto consiguió en sus días. Se podría (mal)interpretar como un americanismo cargante, como una exaltación de una raza especial que tiene a Dios detrás porque confían en él - es decir, lo que entendió en su día Kevin Costner de "El Cartero" - pero queda claro que es una comunidad que se agarra a ciertos mitos de grandeza para poder sobrevivir entre la pobredumbre, el hambre y la vida más mísera. De alguna forma nadie les ha explicado por qué están en un estado tan lamentable, y han perdido toda comunicación con el mundo, ya que, parece, están en cuarentena. Y todas las noticias que tienen parecen más leyenda que otra cosa.
Aparte, Robinson se centra en el paso a la primera madurez del protagonista, que tras un viaje para ver a un líder revolucionario, y que le reafirma en unas cuantas esperanzas sobre su futuro y su país, es manipulado por todo tipo de personas, víctimas, aprovechadas, a veces directamente malvadas. Y también es interesante y bonito lo que cuenta aquí, además de que Kim Stanley Robinson maneja la prosa con habilidad, creando imágenes hermosas de naturaleza salvaje y, en el fondo, enferma, y diálogos de la vida de esa comunidad que se necesita a sí misma. El problema es que alguna de estas historias se alargan demasiado, cuando ya están suficientemente explicadas, y que tanta digresión - aunque estas digresiones en la historia principal están llenas de ironía - despista y difumina la emoción ambigua y contenida de esta "Playa Salvaje". Así el final llega de una forma precipitada, dejando un mundo hipnótico retratado a la mitad, y dejando a unos cuantos personajes que sudan épica a mitad de su historia vital, y eso deja cierta sensación insatisfactoria. Estos son los únicos peros que puedo poner a esta novela, desgraciadamente descatalogada, y una de las más genuinamente bellas que he leído del género distópico. Si alguna vez os cruzáis con esa especie protegida que son los saldos de Júcar, os aconsejo que no lo dudéis. Carlos Jürschik
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