Nuestra Crítica
En su ensayo El universo de la ciencia ficción, Kingsley Amis se refiere a Ray
Bradbury como ?el Louis Armstrong de la cf?. Para entender estas palabras hay
que remontarse a la década de los 50 del pasado siglo, cuando el género tenÃa
gran popularidad entre los suyos pero era visto como algo casi folklórico entre
el público general. Bradbury, al igual que Armstrong con el jazz, rompió con
eso y llevó a la cf fuera de sus fronteras. Libros como las Crónicas marcianas o Farenheit 451 vendieron más de un millón
de ejemplares durante el primer año de su publicación.
Bradbury fue una rara avis en el mundillo de la cf. De
entre los escritores con más éxito del género fue el único con el que no quiso
contar John W. Campbell. El acientifismo de sus relatos no casaba con los
gustos del editor. Sus cuentos se publicaron en revistas tales como Thrilling
Wonder Stories, Astonishing Stories, Captain Future, Famous Fantastic Misteries,
Planet Stories y, especialmente, Weird Tales. Hasta que las Crónicas marcianas le hicieron elevarse
sobre el resto y escapar de la fuerza gravitatoria del gueto. La accesibilidad
de sus historias, asà como su calidad literaria,
fueron los fundamentos por los que llegó al mercado general. Su integración en él
fue tan rápida que pasó de ser posible embajador de la cf a escritor ajeno a
ella en apenas poco tiempo.
Para que se hagan una
idea de su excepcionalidad, con 25 años logró colocar uno de sus cuentos, ?El
gran juego blanco y negro?, en la antologÃa Best
American Short Stories de 1946, compartiendo espacio con los mejores
escritores de la época. Al año siguiente, Bradbury publicó su primer libro, Dark Carnival, en el que se entremezclan
cuentos nuevos con algunas de las historias publicadas en la revista Weird
Tales. Aunque la obra por la que el norteamericano alcanzará el estrellato, las Crónicas marcianas, no llegará hasta
1950, gran parte de su contenido fue realizado durante los años anteriores,
entre 1945 y 1949.
Bradbury reunió algunos
de sus cuentos y recorrió editorial tras editorial cosechando rechazos.
Finalmente, en Doubleday accedieron a publicarlos con la condición de que les
diera un carácter unitario. El escritor propuso realizarlo con el tema de la
colonización de Marte como fondo. Su propuesta fue aceptada y en seis meses
logró dar vida a las Crónicas marcianas,
300 páginas de una ciencia ficción diferente a la que se podÃa encontrar en los
cuentos de las revistas campbellianas. Algunos de los relatos sobre Marte no
fueron incluidos en ellas y serÃan publicados posteriormente dentro de la
antologÃa El hombre ilustrado.
El lirismo y el tono
elegÃaco con el que están escritos los cuentos contrasta
con la frÃa racionalidad de la fantasÃa cientÃfica imperante. El Marte que
describe Bradbury no es real ni pretende serlo. Ni sabe de ciencia ni le
importa la tecnologÃa; es el factor humano asà como el paisaje lo que realmente
encandila al escritor. Para Isaac Asimov, las Crónicas marcianas son ?una fiesta de
inocencia aldeana y nostalgia en un marco futurista?. Y es cierto que en
ciertos momentos el lector parece encontrarse frente a una pastoral marciana,
dicho sea esto de manera positiva.
Sin embargo, algunos de
los cuentos exudan misterio y despiden un aroma de tenebrosidad que no contrasta
sino más bien al contrario, casa perfectamente, con la atmósfera bucólica del
relato. No olvidemos que Bradbury destacarÃa posteriormente por su vena
terrorÃfica casi tanto como por sus incursiones en la ciencia ficción. Su
adoración por Edgar Allan Poe, cuyos cuentos su madre le leÃa en la infancia,
queda patente en relatos como ?Usher II? o ?La tercera expedición?, que tanto
gustara a Jorge Luis Borges, prologuista de este libro en su versión en
castellano.
Para comprender la
gestación de las Crónicas marcianas, de
su contenido, hay que remarcar dos elementos biográficos del autor. El primero
es la localización geográfica en la cual transcurrió su infancia. Las pequeñas
aldeas marcianas son una trasposición de su Waikegan natal, el pueblecito medio
americano que hemos visto en muchas pelÃculas, con sus maizales, praderas,
estanques y porches nocturnos escasamente iluminados. Ese modo de vida está tan
bien reflejado en la novela que es reseñable que un escritor tan joven, con
menos de 30 años, demostrara padecer tanta nostalgia.
El otro elemento a tener
en cuenta es su viaje a México. Su encuentro con las momias y construcciones de
Guanajuato le impresionaron enormemente. El contraste de las nuevas tecnologÃas
con el mundo antiguo, asà como la historia de una civilización aniquilada por
los conquistadores del pasado se verÃan posteriormente reflejados en las Crónicas marcianas. Los marcianos se
corresponden con los otomÃes y chichimecas desaparecidos; su mundo, con el
Marte colonizado por los terrestres. Naturalmente, esa influencia está pasada por
el tamiz de su cultura estadounidense, con lo que la historia se convierte en
una alegorÃa ensoñada de la conquista del oeste americano y la extinción de los
indios nativos.
Desde el punto de vista
del lector, Crónicas marcianas es un
libro cautivador, poesÃa hecha prosa y repleta de momentos mágicos, y también
terrorÃficos. Es este un libro para leer en el crepúsculo, especialmente en
noches de verano, con la brisa nocturna meciendo las cortinas. Es inevitable
que cada lector tenga, al final de la lectura, algún cuento preferido. Los mÃos
son ?Aunque siga brillando la luna?, ?Encuentro nocturno? y ?Vendrán lluvias
suaves?.
El Marte que describe
Bradbury procede más de la fantasÃa que de la ciencia ficción. No hay hecho
tecnológico, sólo paisajes, humanos y fantasmagóricos. La lectura de las Crónicas marcianas deja, por encima de
todo, un retablo de poderosas imágenes. Los desiertos, los fantasmas, los
pueblos abandonados, vacÃos, y una fuerte melancolÃa; la América romántica. Es
un canto al pasado y a una ciencia ficción que pudo haber sido de otra manera. De
la manera como, qué curioso, nos está llegando últimamente desde fuera del
género.
Santiago L. Moreno
|