Nuestra Crítica
De todos es conocida la labor de Carlos Aguilar dentro de la historiografía cinematográfica, campo en el que ha publicado gran cantidad de libros entre España e Italia, siendo de especial mención la Guía del Cine, Jess Franco. El sexo del horror, su magnifico estudio sobre Sergio Leone para la editorial Cátedra o el mas reciente La Espada Mágica. El Cine Fantástico de Aventuras. Dentro del ámbito de la narrativa de ficción su obra resulta más escasa, aunque también remarcable, con libros como Simbiosis y La Interferencia, donde se adscribe al género negro o policiaco. Lo mismo ocurre con esta su última novela, Nueve colores sangra la luna, editada ahora en bolsillo, donde nos presenta a un critico de cine fracasado, Eugenio Arbó, en sus pesquisas parcialmente detectivescas para desentrañar el oscuro destino de una actriz llamada Isabel Silva, musa de películas españolas de terror a cargo de un director de culto, desaparecida en su apogeo al principio de los años setenta. Cuando, tres décadas más tarde, el ya anciano realizador vuelve al cine para dirigir un filme similar a los de antaño, Arbó iniciará su investigación partiendo de su personal fijación por la actriz, que pronto degenerará en la más mórbida de las obsesiones a la vez que da lugar a un muy particular descenso a los infiernos. En el marco de un Madrid frío, nebuloso y extraño, se desarrollan de manera verosímil la mayoría de los resortes de la novela policíaca encaminando al lector a hacia un desenlace conceptualmente previsible, pero no por ello menos sorpresivo, mientras asiste al desfile de toda una serie de personajes relacionados con el cine en mayor o menor grado, sobre todo con el viejo cine europeo de los años sesenta y setenta, lo que, ubicado en el Madrid actual, no deja de suponer un contraste, entrañable y divertido en unas ocasiones y descarnadamente abrupto en otras. Porque Nueve colores sangra la luna supone un homenaje del autor a un tipo de cine muy definido, el de los spaghetti western almerienses y las coproducciones hispano- italianas que manufacturaban terror de bajo presupuesto, un homenaje a un concepto cinematográfico ya extinto, el proyectado durante el franquismo en vetustas salas oscuras con programas dobles y sesiones continuas, un cine que, como bien remarca Fernando Marías en el prólogo, educó el sentido de la épica y el erotismo de muchos de los hoy cinéfilos que gestaron su afición en la ya lejana adolescencia de principios de la década de los setenta, teniendo como iconos a actores de la talla de John Phillip Law o a actrices tan sugerentes como Marisa Mell. Aquí radica el gran handicap de la novela, puesto que busca desde su planteamiento inicial la complicidad del lector con la exacerbada y específica cinefília de su autor, cosa que, de ocurrir, conduce a un disfrute mucho más pleno del libro, pero que de no ser así priva de gran parte del atractivo al contexto global de la trama. El desarrollo narrativo del libro se revela entonces demasiado fragmentario y rápido, conducido en aras de un lenguaje progresivamente eficaz a medida que avanzan unos capítulos estructurados casi a espasmos, entrecortados para acentuar la intensidad argumental; el viaje sin retorno de Eugenio Arbó para encontrarse con los fantasmas de su juventud, o bien fundirse con ellos, en la persecución de un amor con claros tintes necrófilos. El desarrollo narrativo es por tanto deudor del hacer cinematográfico, y eso repercute al elenco de personajes encabezados por este crítico infeliz, ya que unos se encuentran esbozados con gran veracidad, como ocurre con la figura del viejo director de cine, Jacobo Blanco, o la del productor de la película, alegoría viviente de la ruindad, a la par que otros se hallan algo desdibujados en el devenir de la acción. En definitiva, tenemos entre manos una novela interesante y entretenida, impregnada de principio a fin con una multiplicidad de guiños cinéfilos a los que el lector puede ser permeable o no. Si no lo es, pero gusta de las novelas policiacas competentes, apreciará lo que Nueve colores sangra la luna tiene que ofrecer. J.F. Pastor Pàris.
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